Me encantan las navidades, la ilusión que envuelve a la gente, escuchar a otros odiar estas fechas, los comienzos de año, estrenar una agenda, decorar el árbol y decirnos cuánto nos queremos.

Éstas navidades han sido tristes. He perdido a alguien que me ha hecho ver pasar mi juventud. Éstas navidades he desterrado recuerdos que tenía aparcados, escondidos bajo llave. He revivido mis propios duelos y el dolor de la pérdida de mi familia.

Pero las cosas malas destapan también cosas buenas. He llorado y he reído. También he recordado el olor a jazmín y galletas recién hechas. La primera vez que escuché una canción de los Beatles y el disco de The Wall (Pink Floyd). He rememorado los domingos de “me gusta el fútbol” en el sofá junto a mi padre en los que me aficioné a la siesta.

Y todo este caos de pensamientos, que han invadido mi lóbulo frontal y explosionado en mi corteza prefrontal, me han hecho reflexionar sobre el 2013.

Este último año me he vuelto a enamorar de personas y de proyectos. Me he apasionado por un proyecto nuevo, conquistando y quedando prendada de mi trabajo en el hospital y fuera de el.

Mis amigas me han vuelto a fascinar, son increíbles y siempre están cuando tienen que estar. Me encanta verlas reír, cantar canciones de los Arctic Monkeys, beber gin tonics sin parar.

Me he enamorado de mi tío, una persona extraordinaria que se ha convertido en mi confesor más íntimo, un gran profesor, en mi padre y en mi amigo.

Me he enamorado de mis primos que me han regalado momentos inolvidables estas navidades. He reído con ellos a carcajadas y compartido momentos muy bonitos a pesar del dolor que envolvía la habitación.

También me he vuelto a enamorar de mi tía Rosita, mi tía especial, mi tía con Síndrome de Down.  Me ha vuelto a enseñar a afrontar el dolor del duelo. Estas navidades me ha abrazado con tanta ternura y amor que dejaría de llorar una vida entera para que no sufriera por verme triste.

Estoy profundamente enamorada de mi abuelo, de su sabiduría, su ternura y su cariño. Me apasionan sus historias de la guerra y cómo se interesa y me escucha cuando le cuento sobre mi vida.

Me encantan las truchas de batata y el potaje de berros que dejó mi abuela. Pero sobre todo, me quedo con nuestra despedida. Porque sí, tuve la suerte de despedirla, de abrazarla, de escucharla decir por última vez que me quería  y contestarle con un “yo también” muy sentido.

Lo mejor de empezar un año es el misterio de lo que esconde. Este comienzo es la antesala de todo lo bueno y malo que nos va a pasar. No pierdan demasiado el tiempo con los propósitos y luchen por lo que quieran. Pero sobre todo, no olviden que el peor de los fracasos es no intentarlo.

¡Agárrense fuerte, que empieza el viaje!

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