¿Cómo funciona la memoria?

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Llegaban las vacaciones y yo me había propuesto arreglar el desván, ordenar un poco la cosa después de tanto tiempo acumulando.

Puse un poco de música y me empecé a animar, abrí la puerta del desván y lo que vi me dio hasta miedo: cosas antiguas, recuerdos nuevos, recuerdos antiguos, recuerdos que no encontraba… había de todo, y no sabía por dónde empezar.

La verdad es que no estoy hablando de un desván normal y corriente, estoy hablando de mi memoria, el lugar en el que guardo las cosas más importantes que me han pasado en la vida.

Mi propuesta de subir ahí arriba a poner un poco de orden surgió de algo que en un principio puede parecer una tontería, pero que me sorprendió bastante. La cosa es que este invierno estuve de viaje en Polonia, y de ese viaje guardo en el desván muchos recuerdos. Estaba yo contando unas historias del viaje a una amiga y de repente, no me acordaba de cómo se llamaba la moneda de Polonia.

Había pagado con esa moneda durante diez días, la había usado todo el tiempo… y no me acordaba!, ¿por qué? ¿Por qué sí me acordaba del nombre del taxista que me llevó al aeropuerto y no me acordaba de una palabra que escuchaba cada vez que tenía que pagar algo?

La cosa es que me puse a pensar en qué procesos estaba siguiendo mi memoria para decidir qué cosas guardar y qué no. ¿Cómo funciona la memoria?, ¿está mi memoria seleccionando por mí? ¿Y si le da por dejar en un rincón cosas que no quiero que desaparezcan nunca?

Si quiero ordenar mi desván, necesito entenderlo un poco mejor. Vamos allá.

En líneas generales, podríamos decir que ese desván presenta dos componentes: la estructura y el contenido.

La estructura haría referencia a su funcionamiento (cómo adquiere información, cómo la procesa, cómo la clasifica y la almacena, cómo elige integrarla o no con otros contenidos ya existentes).

Según la psicóloga Maria Konnikova

“a diferencia de un desván físico, la estructura del desván mental no es totalmente fija. Se puede expandir (aunque no indefinidamente) o se puede contraer en un función de cómo lo usemos. En otras palabras, el procesamiento y el almacenamiento pueden ser más o menos eficaces en función de cómo lo usemos”.

Por otro lado tenemos el contenido del desván, que está formado por lo que hemos adquirido en nuestro mundo y por las vivencias que hemos tenido. El problema que tenemos es que gran parte de lo que adquirimos no está bajo nuestro control, pues cada cosa que procesamos estará también relacionada con nuestros recuerdos previos, nuestro pasado y nuestros conocimientos.

El contenido del desván es lo que distingue la mente de una persona de la de otra. Es como si nuestras casas midieran todas aproximadamente lo mismo pero cada uno decidiera de qué forma amueblarla.

Es ahí donde surge la necesidad de elegir con cuidado las experiencias, los recuerdos y los aspectos de la ida que queremos conservar.

Pero, ¿se puede? Los nuevos estudios dicen que sí.

La motivación para recordar:

Recordamos más y mejor lo que nos interesa y nos motiva.

El psicólogo Karim Kassam llama a este fenómeno “efecto Scooter Libby”: durente su juicio en 2007, Lewis Scooter Libby dijo no recordar haber mencionado la identidad de cierta empleada de la CIA a ningún periodista. Los miembros del jurado no le creyeron: algo tan importante no se puede olvidar. Pero sí se olvida. La importancia de los hechos en el momento de producirse fue ínfima en comparación con la que tuvieron después, y cuando la motivación influye más es en el momento de almacenar un recuerdo, no después.

La MPR (motivación para recordar) tiene mucha fuerza en el momento de codificar, si no hemos codificado como es debido nos costará mucho recuperar un recuerdo por mucho que lo deseemos.

De aquí surge la idea de que, normalmente, no prestamos atención a lo que “entra” en el desván, nos convertimos en sujetos pasivos, dejando que nuestra memoria decida qué retener y qué no.

Recuerda que tú también puedes decidir qué quieres recordar, por ejemplo, tomando conciencia de tu deseo de recordarlo (activando la MPR). Si realmente queremos recordar algo, debemos prestarle una atención especial, decirnos a nosotros/as mismos/as “quiero acordarme de esto”, solidificando el recuerdo cuanto antes, hablando de él con otra persona o repitiéndolo mentalmente.

¡Ah! Y esta solidificación será todavía más fuerte si jugamos con ese recuerdo, añadiéndole una canción, una imagen, jugando con las palabras… Un estudio demostró que los sujetos (todos estudiantes) que explicaron un material matemático después de haberlo leído una sola vez, sacaron mejor nota que los que habían leído el texto varias veces.

De todo esto saco una conclusión, tenemos mucho más poder del que pensamos para decidir qué recordar y qué no. Se trata sobre todo de prestar atención y estar predispuestos a nuevos hábitos de pensamiento, ser conscientes de qué cosas queremos recordar y qué no.

Por cierto, la moneda polaca se llama Zloty y el taxista se llamaba Anatol.

Laura López-Molina

Psicóloga y coach certificada, experta en gestión de conflictos. Inventora de la Teoría de los tiempos óptimos (porque mojar galletas en leche es todo un arte).

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