En mi cabeza tengo un semáforo

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En mi cabeza tengo un semáforo. Seguro que tú también. Este semáforo me indica qué conversaciones puedo tener (lucecita verde) y qué conversaciones debo guardar (una luz roja y centelleante se enciende ante mí).

En general el semáforo funciona bien, me puedo fiar de sus indicaciones, pero otras veces… otras veces me doy cuenta de que se está descompensando. Es cuando me paro a pensar en este tipo de cosas.

Es cierto que las personas tendemos a actuar de tal forma que buscamos aquello que nos da placer, intentando evitar aquello que puede suponer un riesgo o que tememos no poder manejar. Ello depende en gran medida de lo que se conoce como “el control percibido” o la “autoeficacia”, concepto con el que el psicólogo Albert Bandura ponía el acento sobre la importancia que tiene sobre el comportamiento de una persona la evaluación sobre lo que se cree capaz de hacer y lo que no.

Es decir, si tu control percibido es alto, las situaciones “complicadas” te generarán menor estrés, por lo que no tendrás tanta tendencia a evitarlas. Aquellas personas que no tienen sensación de control tendrán más probabilidad de ver luces rojas que les digan “cuidado, aléjate, puedes salir perdiendo”.

En las conversaciones pasa algo así. ¿Cuántas conversaciones has dejado de tener por miedo a la consecuencia?, ¿cuántas cosas importantes has dejado de decir?, ¿cuántas luces rojas se han encendido sin que quizás fuese necesario?

En cada una de las conversaciones que tenemos a lo largo del día podemos distinguir lo que se llama la columna izquierda y la columna derecha.

Por columna izquierda entendemos aquello que no decimos, la parte de lo que pensamos que no acabamos de verbalizar. La columna derecha, en cambio, es aquello que sale a la luz, lo que dejamos ver de nuestro pensamiento.

Siento decirte que lo que no verbalizas, también se oye, se nota (¡es imposible no comunicar!). La columna izquierda está muy presente en la conversación, pues si por ejemplo, siento que me has fallado y no soy capaz de decírtelo, todo lo que ocurra entre nosotros estará teñido de ese sentimiento. Podremos hablar (columna derecha) de planes de futuro, de organizar un viaje… aunque mi actitud será la de no confiar en que el viaje salga adelante (mi columna izquierda dice: no te fíes).

Son muchas las relaciones en las que el exceso de luz roja deriva en lo que llamo “fantasmas comunicacionales”, que vienen a ser pequeños fantasmas que no nos dejan relacionarnos de una forma sana. Son esas conversaciones que no somos capaces de tener pero que están siempre sobre la relación, como helicópteros que sobrevuelan y hacen ruido, mucho ruido.

Estas conversaciones, que suelen ser difíciles, acaban saliendo por cualquier otro lado,  casi siempre a través de una comunicación poco efectiva que deriva en conflictos de los que es complicado salir.

Estos conflictos, a su vez, hacen que la cosa se siga complicando y la tendencia es la de seguir evitando conversaciones. Un círculo vicioso que no hace más que agravar la situación. Éste es, por ejemplo, el inicio de muchos conflictos existentes en parejas y proviene de la dificultad para metacomunicar.

La metacomunicación se basa en “hablar sobre la forma en la que hablamos”, dejar el tema sobre el que hablamos o discutimos y dialogar sobre la forma en la que nos comunicamos.

Según Paul Watzlawick (ya sabéis que viene a ser algo así como mi gurú, jeje) “cualquier comunicación implica un compromiso y por tanto, define la relación”. Esto es, mejorar la comunicación implica mejorar los niveles de compromiso, ampliar la posibilidad de abordar conversaciones difíciles y buscar soluciones.

He aquí la necesidad de aprender a verbalizar esa columna izquierda, lo que en ocasiones no hacemos por miedo a estropear la relación, pero que inevitablemente acaba tiñendo cada parte de la conversación.

Si te paras a pensar, ¿cuántas conversaciones están teñidas por esa columna izquierda? ¿Cuántos fantasmas rondan tu cabeza?

Aprender a metacomunicar no es fácil, pero como siempre, si quieres aprender, busca ayuda: supone un gran avance en la calidad de las relaciones. Eso sí, habrá que avisar al semáforo de que puede apagar la luz roja!

Aquí solo hemos hablado del riesgo de vivir en un exceso de “columna izquierda”, ¿pero qué pasa cuándo alguien tiene el semáforo todo el día en verde y dice todo lo que piensa? Hablaremos de ello en el próximo artículo.

Laura López-Molina

Psicóloga y coach certificada, experta en gestión de conflictos. Inventora de la Teoría de los tiempos óptimos (porque mojar galletas en leche es todo un arte).

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