¿Existe realmente un desajuste químico cuando hablamos de trastornos mentales graves?, ¿o son los medicamentos lo que los producen?

La lectura de un artículo sobre Peter Gotzsche, otros artículos relacionados y el blog de algún colega y amigo, que cuestionan muchos de los principios de la psiquiatría actual, me llevan a realizar alguna reflexión. Ya indiqué algo en el artículo anterior: “Psiquiatría Deconstruida”. Empecemos por decir quien es Peter Gotzsche. Es un médico internista danés que ha presentado recientemente en España su libro: “Medicamentos que matan y crimen organizado: cómo las grandes farmacéuticas han corrompido el sistema de salud”. Para empezar, el título ya es bastante llamativo e indica claramente una opinión muy rotunda acerca del tema. El autor habla del uso y abuso de las drogas psiquiátricas y critica la falta de autocrítica de los psiquiatras; hace referencia a diez mitos de la psiquiatría. Vamos a hablar sobre el primero.

El primer mito que aborda es: las enfermedades mentales están causadas por un desequilibrio químico en el cerebro. Gotzsche dice: “a la mayoría de los pacientes se les dice esto, pero es totalmente erróneo. No tenemos ni idea acerca de cómo interaccionan las condiciones psicosociales con los procesos bioquímicos, los receptores y las vías nerviosas que conducen a trastornos mentales, y las teorías de que a los pacientes con depresión les falta serotonina, y que a los pacientes con esquizofrenia les sobra, han sido siempre refutadas. La verdad es todo lo contrario. No hay desequilibrio químico en su inicio y al tratar las enfermedades mentales con medicamentos, creamos el desequilibrio químico, una condición artificial que el cerebro trata de contrarrestar”.

Yo no conozco a psiquiatras que se dediquen a dar medicamentos a personas que no presentan síntomas. Se usan cuando aparecen algunos síntomas que causan una disrupción vital y/o un sufrimiento en la persona. Cuando alguien empieza a presentar alucinaciones o ideas delirantes sin haber tomado fármacos antes (que producen el desequilibrio según G.), no creo que podamos culpar a los fármacos de dicha aparición. La aparición de la sintomatología que configura un trastorno mental se debe a causas no conocidas, pero afirmar que existe equilibrio en el cerebro de una persona con alteraciones sensoperceptivas y en el pensamiento, parece poco lógico y algo aventurado.

Griesinger, en 1845, fue el primero en decir que las enfermedades mentales eran enfermedades del cerebro y fue el origen de la psiquiatría universitaria y científica (también fue defensor del concepto de “psicosis única”).

¿Por qué creer a Griesinger y no a Gotzsche o viceversa?

Bien, no veo relación entre que no conozcamos las interacciones de las condiciones psicosociales con los procesos bioquímicos, con la afirmación de que es erróneo que hay alguna interacción en el Sistema Nervioso Central. Como desconocemos los mecanismos bioquímicos últimos, la etiopatogenia, la fisiopatología de la enfermedad mental y desconocemos muchos otros factores que intervienen en la enfermedad mental, entonces no son enfermedades del cerebro. El desconocimiento de algo no implica que no exista. Me parece muy bien la existencia de nuevas opiniones, pero creo que deben argumentarse de una manera más o menos científica, apoyadas por pruebas o estudios, de manera que sea algo refutable.

Dios me libre de atreverme a estar en contra de G., pero no le encuentro sentido a su idea, ni se en que se basa para negarlo; ni siquiera entiendo cuál sería la alternativa. Parece que el órgano más relacionado con las enfermedades mentales y su patoplastia es el cerebro. Y que las anomalías cerebrales tienen una expresión en lo que consideramos síntomas de las enfermedades mentales. ¿Qué argumentos tenemos para decir que las enfermedades mentales son enfermedades del cerebro o no lo son?

Creo que debemos huir de “creencias”, para eso está la religión, hay quien tiene fe y quien no tiene fe, pero yo espero algo más allá de creer o no creer. Espero argumentos, estudios, demostraciones, etc. Vamos, lo que ha definido a la ciencia en las últimas décadas. Pero no me valen gurús que se aprovechan de la “epidemia de alternativos” deseosos de nuevos horizontes, que dan carnaza para seguir alimentando esas “conspiranoias”. Cada día observo más personas (que no pertenecen al mundo de la salud) que hablan del peligro de los fármacos y de que no sirven para nada (sin haber visto nunca a un paciente con un brote psicótico agudo). Cuidado, que no me parece descabellado pensar que la industria farmacéutica haya sobrepasado ciertos límites en su afán enriquecedor, pero de ahí a considerarme un envenenador y casi homicida, creo que cabe un tranquilo debate.

La extraordinaria difusión de las redes sociales permite hoy que cualquiera lance en la red cualquier teoría conspirativa, que siempre encuentra crédulos dispuestos a defenderlas. Insisto, no me vale creer, hay que pasar a los argumentos y los estudios. Y por supuesto, también cuento con mis 25 años de experiencia clínica con personas con enfermedad mental y con cierto sentido común.

Volviendo al dogma de Griesinger, según el cual las enfermedades mentales son enfermedades del cerebro, podemos citar a un psiquiatra, que ya en 1926, destacaba el paso adelante de la psiquiatría en ir más allá de ese dogma. “Hay que tener en cuenta, que junto al cerebro se halla la acción de las glándulas endocrinas y su papel es de suma trascendencia para la formación del cuerpo y la mente”. Que en las enfermedades mentales influyen factores múltiples endógenos y exógenos, parece algo generalmente aceptado. Si nos centramos en aspectos psicopatológicos para no entrar en el farragoso mundo de las etiquetas diagnósticas, ¿alguien discute que las alucinaciones auditivas son una alteración cerebral? No hablo de causas de dicha alteración sino de que existe una alteración a nivel químico en el cerebro. Existen imágenes diferentes que constatan la activación de determinadas zonas cerebrales cuando se produce una alucinación. El uso de sustancias químicas, como el ácido lisérgico por ejemplo, inducen la presencia de alucinaciones, que duran el tiempo que actúa dicha sustancia, lo que nos hace pensar que existe una variación química que las produce.

Podemos encontrar autores que afirman que las alucinaciones auditivas no son alteraciones de la percepción, sino pensamientos anormales o representaciones, son ideas delirantes de tener alucinaciones (veáse Kopp), pero esa es otra cuestión.

Evidentemente, los factores sociales y los acontecimientos vitales tienen una gran influencia en la existencia del ser humano y en las patologías. No se puede negar que los acontecimientos o experiencias ocasionan variaciones fisiológicas y químicas en el cerebro (en el sistema nervioso).

La afirmación de Peter Gotsche, o mejor, la negación de que las enfermedades mentales son debidas a un desequilibrio químico ¿En que se basa? ¿Por qué es erróneo? ¿Por qué no hemos podido demostrarlo? ¿Por qué desconocemos los mecanismos íntimos que subyacen? Parece que movernos en el terreno de las afirmaciones sin ningún tipo de prueba o de estudio, aproxima la psiquiatría al campo de la magia o la homeopatía. Decir que los fármacos son los que crean un desequilibrio químico… ¿Es que acaso creerse la Virgen María es signo de un adecuado equilibrio químico?

En mi opinión, es aventurado afirmar que la depresión se produce por alteración serotoninérgica (se basa en la observación de la respuesta a los ISRS en depresivos),  o que la esquizofrenia se produce por alteración de la dopamina, pero más aventurado es afirmar que no hay desequilibrio químico en el inicio de las enfermedades mentales. ¿Existe alguna evidencia?

Como esto no es un artículo científico, si puedo contar una simple anécdota de un caso (hay muchos más). Cerca de la zona donde trabajo encuentro con frecuencia a un antiguo paciente de la Obra Social de Acogida y Desarrollo, con varios ingresos en la UIB del Hospital Insular, diagnosticado de Esquizofrenia. Me saluda habitualmente a gritos desde la otra acera con gran sonrisa y alguna broma, o me pide dinero para café. Hace unas semanas coincidí en una tienda con él. Estaba comprando un paquete de chicles y un refresco. Lo saludé por su nombre y acompañé el saludo con una leve palmada en la espalda. Su respuesta fue: “no me toques” en un tono, digamos, poco amable y me transmitió la sensación de extrañeza de ser otra persona, diferente a la que habitualmente me saludaba. Le pedí disculpas y le pregunté si le pasaba algo o estaba enfadado. Me lanzó algún improperio, alguna amenaza y se marchó. El señor de la tienda me dijo: lleva unas semanas así, metiéndose con todo el mundo. Al salir había en la puerta varios indigentes de la zona que vieron el altercado y me dijeron (textualmente): “le vamos a dar un par de hostias, como vuelva a decirnos algo”; les dije que era una persona con algún trastorno mental y dijeron que les daba igual, que le iban a pegar una paliza. Insistí en que no lo tuvieran en cuentan, que se le pasaría. A las 2-3 semanas, caminando delante de la misma tienda, oigo desde la acera de enfrente: “Saulo, como te va, saluda a la gente, acompañado de un saludo con la mano y una sonrisa”. Me acerqué y le dije: “parece que estás menos enfadado”, y me respondió: “es que estuve ingresado en el hospital y he vuelto a tomar la medicación”, rodeado de otras personas habituales de la zona con las que conversaba tranquilamente.

Las lecturas ya sé que pueden ser muchas. Desde los que defienden que es libre de meterse con quien quiera y actuar libremente, sin estar sometido a la camisa de fuerza química, hasta la observación (repetida) de que esta persona tiene una vida más normalizada (para lo que es nuestro medio cultural), con menos perjuicios y contratiempos para él cuando toma su medicación. Evidentemente, soy consciente de que la finalidad no es “cambiar” al otro, ni imponer el criterio del “poder”, es dar a la persona lo que le quita la enfermedad mental, ofrecerle herramientas de las que carece (insight por ejemplo) para una vida con menos adversidades en el mundo que nos corresponde.

Cualquier persona que haga clínica psiquiátrica ha observado pacientes que han logrado una disminución de sus síntomas y de su sufrimiento con el uso de fármacos. Y también sabemos que existe una sobremedicación. Creo que está bien hacer autocrítica sobre la utilización de fármacos, sin una clara indicación. ¿Hay algún psiquiatra que no tenga que “pelearse” con muchos pacientes para que dejen de tomar medicación y prefieren seguir tomándola? ¿Y los pacientes que te dicen: “doctor, yo no quiero medicación, eso es veneno” y se toman luego unas rayas de cocaína o un porro por las noches. En fin, que está muy bien replantearse ciertos abusos o ese exceso de diagnósticos, pero sin lanzarse contra los molinos de viento.

2 Comments

  • Me parece un artículo muy esclarecedor sobre la posición de la Psiquiatría frente a quienes la critican; y creo que son muy necesarias esas críticas para equilibrar la imagen de la Psiquiatría de cara al público en general.

    El autor, curiosamente, critica las palabras de Gotzsche diciendo:
    “Creo (mal comienzo para lo que viene después) que debemos huir de “creencias”, para eso está la religión, hay quien tiene fe y quien no tiene fe, pero yo espero algo más allá de creer o no creer.”

    No se puede estar más de acuerdo si uno defiende un planteamiento científico en estos temas, pero… aquí no vale la ley del embudo. La Psiquiatría, en general, se basa más en la fe, en lo subjetivo (el ojo clínico) y en el consenso entre “expertos” (expertos en diversas prácticas, entre ellas, recibir financiación de las farmacéuticas), que un conocimiento científico real. De hecho, es muy arriesgado, en este campo, hablar de “enfermedades mentales”, al referirse a los trastornos (para una diferenciación básica, véase http://es.slideshare.net/elchecho79/diferencias-entre-sndrome-trastorno-y-enfermedad). Llamarlas “enfermedades” sólo se puede deber a la fe.

    El dogma de Griesinger es, precisamente, un dogma. A la idea de “los trastornos mentales son enfermedades del cerebro” hay que complementarla con la apostilla de “pero aún no sabemos qué las origina, cómo se desarrollan, no tenemos marcadores objetivos, no tenemos un tratamiento fiable, desconocemos su pronóstico. Es decir, creemos que son enfermedades”. El propio autor, en otra entrada, admite que “trabajamos en un sistema dentro de la ciencia pero sin una base demostrada científicamente en el que la variable individual y social tiene demasiado peso”. Esto, además viene complementado por la profecía de Kraepelin, respecto a que, según él, los trastornos mentales están causados por alteraciones del cerebro, pero no tenemos los medios para demostrarlo. Considerarlos “enfermedades” sólo se puede deber a la fe.

    Mi análisis de las palabras de Gotzsche va más próximo a que se trata de una crítica al gatillo fácil de muchos psiquiatras (y, últimamente, neurólogos -y éstos sí que se supone que eran científicos-), de tratar con psicofármacos algunas manifestaciones conductuales, especialmente en niños. Una crítica a la tendencia a diagnosticar trastornos (especialmente, el TDAH) tomando los criterios diagnósticos de una manera muy laxa, y priorizando el tratamiento farmacológico por delante de otras opciones más efectivas en ese momento del desarrollo. Puestos a dar ejemplos de la experiencia propia (la del adulto con un trastorno mental requiere también de una cierta contrapartida), aquí van un par de ellos:
    – Niños/as de 3-4 años medicados con antipsicóticos, cuya conducta se modifica de manera drástica. Y es un hecho científico incontestable que NO existen estudios longitudinales del efecto de esta medicación a medio y largo plazo en pacientes pediátricos, menos aún de esa edad. Aunque en la práctica diaria, empezamos a ver el efecto de diez años de risperidona en cerebros desde tan pequeños: auténtico puré de verduras.
    – Niños/as que suspendían una asignatura (aunque sacaban buenas calificaciones en otras), y son diagnosticados y medicados en 15 minutos de consulta, sin solicitar información de los centros educativos, ni llevar a cabo una evaluación adecuada del niño/a.
    Por ello, creo que las palabras de Gotzsche tienen todo el sentido: los fármacos, utilizados cuando las manifestaciones conductuales no son graves ni desadaptativas (en todo caso, molestas para los adultos), generan un desequilibrio mayor del que había previamente, sobre todo en edades tempranas. Porque no hay mayor espectáculo que un niño pequeño, medicado con antipsicóticos, al que se le retira la medicación, u olvida tomarla: le puedo asegurar que las manifestaciones conductuales son mucho más desadaptativas en esas condiciones que en las previas. Otro asunto que resulta llamativo es que los padres nunca tienen toda la información sobre los efectos adversos de esos fármacos. Aún no queda claro si es por falta de interés en que lo sepan, o porque, si lo supieran, en muchos casos, no se los darían. Considerar que los fármacos siempre son la mejor opción sólo se puede deber a la fe.

    Estoy muy de acuerdo con lo que dice el autor respecto a que “los factores sociales y los acontecimientos vitales tienen una gran influencia en la existencia del ser humano y en las patologías. No se puede negar que los acontecimientos o experiencias ocasionan variaciones fisiológicas y químicas en el cerebro (en el sistema nervioso)”.
    Pero, si está tan claro, ¿por qué una amplia mayoría de psiquiatras y neurólogos no se coordinan de una manera adecuada con los profesionales que trabajan sobre los factores sociales? ¿por qué no priorizan la intervención a nivel familiar, escolar, social, y coordinan sus actuaciones con los profesionales de esos ámbitos? ¿Por qué no participar, como uno más, en modelos de trabajo interdisciplinar donde se aborden estos problemas de forma integral, sin jerarquías profesionales?
    Quizá este sea el problema, y se deba a la falta de conciencia profesional de lo que es un trabajo interdisciplinar. Muchos psiquiatras -y neurólogos- no saben trabajar en red. No asumen que su papel en el abordaje de ciertos problemas es tan complementario como el de el resto de personas y profesionales que rodean al sujeto. Y el problema es que, haciendo lo que hacen, reducen las posibilidades de actuación de los demás.

    PD.: Una precisión: no se puede hablar de molinos de viento tan alegremente, cuando detrás hay gigantes que patrocinan estas prácticas…

  • DICES QUE LAS COSAS HAY QUE DEMOSTRARLAS CIENTIFICAMENTE,QUE Gotzsche NO LO HACE.LO HACEIS VOSOTROS LOS PSIQUIATRAS,DONDE VEIS VOSOTROS EL EXCESO DE DOPAMINANA Y LA FALTA DE SEROTONINA,EN VUESTRA MENTE.

Siéntete libre de comentar lo que te apetezca :)