En tu agonía, amor.

¡CUÁNTO le costó a la muerte apagarte los ojos!

Soplé una vez,

Dos veces,

Tres veces -¡bien lo vi!-

Y tus ojos siguieron encendidos.

Alguien dijo:

Ya no tiene ni sol ni sal en las venas

y los ojos no se le apagan.

Yo llegué a pensar que no se le apagarían nunca,

que quedarían encendidos

para siempre

como las alas de una mariposa de oro

eternamente abiertas

sobre los despojos de la muerte.

Al fin todo se hundió…

y tu mirada se torció y se deshizo

en un cielo turbio y revuelto…

Y ya no vi más que mis lágrimas.

León Felipe.

Más tarde o más temprano, uno de tus pacientes morirá. Donde yo trabajo es relativamente frecuente y muy probable que esto ocurra pero no por ello me afecta menos. Intento encajarlo de la mejor manera posible. ¿Cómo? Preguntando y estudiando cómo puede afectarme este hecho de antemano y esto me ayuda a encajar mejor mis sentimientos y mis responsabilidades.

 Hoy, he hecho una pequeña investigación y he preguntado a mis compañeros (enfermeros, auxiliares de enfermería, nefrólogos e incluso a la administrativa) cómo les afecta a ellos el fallecimiento de un paciente. Llegamos entre todos al acuerdo de que la situación es más o menos traumática en función de la relación que tengan con el paciente, dónde fallece (en su casa, en urgencias o en el centro de diálisis), si es una muerte esperada o no lo es, del estado de salud del paciente y de los años de experiencia laboral en este ámbito.

Una muerte esperada.

 Las personas que trabajan con pacientes terminales son conscientes de que sus pacientes morirán. Además, saben qué pacientes nos dejarán antes.

 Un grupo de personas que trabaja en estas circunstancias aprende con el paso del tiempo sus propias estrategias de afrontamiento y las comparten con el personal nuevo cuando se incorporan al equipo. Así aprenden unos de otros a enfrentar estas temibles situaciones.

 Ahora bien cuando la muerte esperada no ocurre cuando creemos, la preparación anticipatoria e inconsciente que hemos estado llevando a cabo no cumple su función. Nuestra expectativa se transforma en que el paciente va a sobrevivir y su muerte nos afectará como si ésta no la esperáramos.

 Hace casi un año falleció una chica joven que sabíamos que nos dejaría pronto pero no esperábamos que fuese el día que ocurrió. Murió en su casa y no en el centro de trabajo. Su marcha me afectó sobre todo porque tenía cita con ella ese mismo día. La llevaba viendo un tiempo en consulta porque se encontraba decaída, apática, en definitiva, sin ganas de vivir. Desde hacía más o menos un mes, se estaba encontrando mejor. Avanzábamos juntas. Pero ese día faltó a su cita, me costó superarlo. Hablé muchísimo del tema con compañeros de trabajo, amigos y otros psicólogos. Y aún hoy la recuerdo y le guardo un trocito de memoria. Me enseñó mucho sobre resiliencia (¿Qué es la resiliencia?, ¿cómo crecer en la adversidad?).

 Una muerte inesperada

Las muertes inesperadas pueden ser la consecuencia de una enfermedad, un accidente o un acto deliberado. Las personas con enfermedades crónicas y terminales también pueden dejarnos sin que lo esperemos. Y a este tipo de fallecimiento se le suma a la tristeza, otras emociones como el enfado, la ira y la culpabilidad.

 Características personales y relacionales.

La primera vez que viví la muerte de una paciente, me impactó muchísimo. Sentí un torbellino de emociones cuando llegó la familia y tuve que dar mi apoyo psicológico a ese marido que se quedaba solo, al nieto favorito y demás familia. Hice mi trabajo. Pero cuando llegué a casa, me derrumbé. Me costó mucho esfuerzo superarlo. Cuando llegué el lunes al trabajo, me reuní con el médico y los enfermeros que habían estado intentando reanimar a la paciente. Hablar nos ayudó a todos a gestionar nuestras emociones de rabia y culpa que nos habían abofeteado ese día. Recuerdo que lo conté compungida a algunos compañeros de trabajo que no habían estado presentes y no entendían por qué me había afectado de esa manera. Yo intenté explicarlo, pero en aquel momento no supe hacerme entender.

 Hoy sé que la reacción frente a la muerte varía de una persona a otra y depende de factores individuales y ambientales. Por un lado, nuestra forma de afrontar estas situaciones vienen determinadas por nuestras características personales, creencias, nuestra relación con el paciente que fallece, la calidad de esta relación y nuestras experiencias previas relacionadas con la muerte. Pero, también es sumamente determinante desde que punto de vista vivamos la muerte. Es decir, el médico que no consigue reanimar a esta paciente no lo afrontará igual que los enfermeros y auxiliares que corren de un lado a otro haciendo todo lo que está en sus manos por salvarla. Y así, el psicólogo que no está en la sala de reanimación, sino que se ocupa de llamar a los familiares, dar el apoyo necesario cuando llegan al centro y acompañar en la despedida elaborará y afrontará de forma distinta todo lo que ha vivido. Éste último es más probable que viva esta situación desde el punto de vista de la familia del fallecido. Mientras que el personal sanitario, siente más la propia pérdida de la paciente. El médico repasará todo lo que ha hecho por él, viviendo la situación de forma más traumática si cree que podría haber hecho algo más por salvarla que si piensa que ha hecho todo lo que está en sus manos. Por otro lado, el enfermero y el auxiliar vivirán este hecho de forma más impactante si es un paciente con el que han compartido horas de diálisis, y experiencias personales. Es decir, con aquellos con los que se han implicado emocionalmente.

 Uno de los nefrólogos que trabaja conmigo me comentaba esta mañana que a medida que vives experiencias de este tipo las “sientes menos”. El comenta que es un bloqueo. Un bloqueo de las emociones negativas que suponen la pérdida de un paciente. La negación, impera en los servicios sanitarios. Son mecanismos de defensa naturales que nos ayudan a seguir adelante.

Otro de mis compañeros, el director médico, me decía que era importante no confundir esta negación con insensibilidad. Relataba que la sensibilidad es absolutamente necesaria para trabajar con pacientes crónicos. Pero la bata debe quedar colgada con todos sus adornos en el despacho cuando nos vamos a casa. Él tuvo que aprender esto cuando un paciente con el que se había implicado a nivel personal (hoy en día sabe que fue más de la cuenta) murió esperando la ambulancia junto a él.

 Afrontar situaciones difíciles

El gran problema de afrontar la pérdida de un paciente es que reactiva nuestras propias perdidas, y si hay duelos mal elaborados, mal asunto.

La comunicación es fundamental para superar estos acontecimientos. Contar lo que sentimos, cómo vivimos la experiencia y soltar nuestras emociones. Hablarlo con todas las personas que podamos, cuantas más veces mejor y con todo lujo de detalles. Esto evita la represión de sentimientos y pensamientos que podrían acarrear un trastorno posterior.

 Mis compañeros me cuentan que la comunicación es necesaria, pero la experiencia te da la fuerza y las estrategias que más se adapten a tus características personales. Relatan que es algo que solo se puede aprender experimentándolo. Y tienen razón en gran parte del discurso, pero yo pienso que se puede preparar a los profesionales sanitarios para elaborar estos duelos de forma sana aunque tengan que vivirlos para aprender a sobrellevarlos. Al final, la teoría debe aprenderse primero para luego comprobar que podemos llevarla a la práctica.

Conviene reír sin esperar a ser dichoso, no sea que la muerte nos sorprenda sin haber reído”.J. De La VBruyére

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