En este minuto de incipiente otoño en que te escribo, en este instante que no volveremos a vivir jamás, podría escribir los versos más tristes (esta noche, Pablo) o quizás pensar en el tiempo. Ese tiempo que quizás no exista, que inventamos y en medio del cual morimos. Exista o no, nos desangra y  exprime.

Con frecuencia se repite la frase: “aprovecha el tiempo”. Para muchos tiene un sentido productivo, pero también un sentido de urgencia y amenaza porque se va y no vuelve. Pero demos la vuelta y hablemos de la omisión, de aquello a lo que ni siquiera dimos existencia. Aquello que no hicimos será lo que más nos atormente, aquello que no vivimos nuestro mayor fracaso. Los hombres no suelen vivir el presente. Pasan una parte del tiempo mirando al pasado y otra esperando o temiendo el porvenir. El presente no existe. Minutos vacíos y horas muertas profanan el tesoro del tiempo como pulveriza el sol los tejidos. El tiempo, la duda, la angustia ante la elección. Pero no hay lucidez que permita apostar por opción alguna. La lucidez consiste en saber que todos los envites son derrotas.

Para muchos jóvenes el tiempo es un vértigo, un vacío, un miedo; está el por-venir, el miedo a los anhelos profundos, a la vida por hacer.  Los más maduros presentan algunos de los síntomas de la enfermedad del tiempo (evocar, recordar, añorar…..). Casi siempre es mucho más sencillo porque quieras o no el tiempo transcurre, inexorable, y tu crédito de tiempo se va agotando. A veces parece escaso, pero hay minutos eternos y todas las horas hieren, menos la última, que mata.

Aprender a vivir pudiera ser paladear la satisfacción de los deseos o también el placer de no desear. Aprender a vivir pudiera ser sentir el gozo de ejercer aquellos “antiguos” valores de solidaridad, amistad, sacrificio, entrega, etc. Ante los grandes enigmas existenciales siempre me ha gustado  mucho una frase: La vida es aquello que te ocurre mientras piensas qué es la vida. Cada vez más los psiquiatras nos encontramos con hombres y  mujeres que están buscando respuestas a esto de la existencia, y siempre les digo lo mismo: yo trato enfermedades, en mis libros no existe una solución a cada problema o un capítulo en el que te indiquen lo que tienes que hacer en un determinado momento de la vida. Esta “desorientación existencial” es un síntoma de la necesidad de aprender a vivir.

Vivir puede ser una aventura trepidante si no te dejas engañar, si descubres que no es una película rosa , si admites los claroscuros, las grandezas y las miserias, si decides por tí sin dejarte manipular, si eres capaz de obtener los conocimientos para ser libre.

Aprender a vivir quizás consista solo en tomar la pluma y empezar a escribir en las páginas blancas del libro de la vida.

 

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