Hambre Emocional: comida y emociones

Hambre Emocional

¿Qué influencia pueden tener nuestras emociones sobre lo que decidimos comer? ¿Nos alimentamos igual cuando nos sentimos tristes, nerviosos o enfadados? ¿O si hombres y mujeres respondemos de igual manera ante el “Hambre Emocional”? A continuación ahondaremos en la manera en la que muchas personas utilizan lo que definiremos como ingesta emocional, como estilo de afrontamiento ante estados emocionales, fundamentalmente negativos, y las consecuencias que esto genera.

¿Qué es la ingesta emocional?

            Teniendo en cuenta que una emoción es un estado mental y fisiológico conectado a una amplia gama de sentimientos, pensamientos y conductas; definimos la ingesta emocional como la conducta de comer en respuesta a estados afectivos. Las personas que presentan este tipo de ingesta, tienen dificultades a la hora de distinguir entre la sensación de hambre (homeostática) y otros estados emocionales negativos. Debido a esto, ante las emociones (normalmente negativas) suelen recurrir a la comida (Kaplan y Kaplan, 1957), pero no siempre de igual manera. La diferencia radica en que ante emociones intensas,  estas personas disminuyen la cantidad de alimentos que ingieren, aumentándola frente a emociones de intensidad moderada (Ridout et al., 2010).

Relación entre ingesta emocional y obesidad

            Utilizar alimentos para afrontar emociones no parece ser el hábito más saludable, ya que en última instancia podría generar problemas relacionados con el incremento de peso corporal. Sería lógico pensar que la ingesta emocional podría estar jugando un papel primordial en la epidemia de obesidad a la que se enfrenta nuestra sociedad, toda vez que el uso de “comidas de confort” podría estar ejerciendo un poderoso efecto sobre las personas con sobrepeso. La investigación de Cannetti, Bachar y Berry (2002) demostró que ante emociones negativas, las personas obesas consumen más alimentos que las de peso normal o bajo, lo que retroalimentaría esta espiral formada entre las emociones relacionadas con los estados de ánimo bajo y la obesidad (Martínez et al., 2008).

Existen una serie de estilos disfuncionales de alimentación que se relacionan en mayor medida con la ingesta emocional  y con altos índices de IMC, éstos son, en orden de mayor a menor influencia: picar entre horas, saltarse comidas, comer de manera desorganizada e hiperfagia. Otras conductas como los atracones y comida nocturna excesiva, parecen estar igualmente ligados a generar un balance calórico positivo.

En cuanto a las emociones que se relacionan con un mayor IMC, podemos afirmar que las personas que aumentan la cantidad de alimentos ingeridos ante la tristeza y el enfado, presentarán mayor probabilidad de padecer obesidad que las que no tienden a comer motivadas por estas emociones (Anger y Katz, 2015).

¿Existen diferencias de género asociadas a la ingesta emocional?

            En el estudio de Anger y Katz (2015) encontramos interesantes diferencias en cuanto a la ingesta emocional, relacionadas con el género de los participantes. En primer lugar, las mujeres tienden a comer más que los hombres ante estados emocionales. Por otro lado, los hombres presentan estilos de ingesta menos saludables como hiperfagia y comida nocturna excesiva, mientras que en las mujeres destaca la mayor presencia de atracones. Por último, también encontraron diferencias de género respecto al tipo de alimento elegido, así pues, los hombres se decantaban mayoritariamente por alimentos salados, mientras que las mujeres preferían alimentos dulces.

            En definitiva, como hemos comentado, las emociones pueden actuar como disparadores de esta ingesta emocional, sobre todo las emociones negativas. Esto genera una serie de consecuencias ligadas a los aumentos de IMC, como estilos disfuncionales de alimentación, que se manifiestan en mayor medida ante emociones como la tristeza y el enfado.

Referencias

Anger, V., y Katz, M. (2015) Relación entre IMC, emociones percibidas, estilo de ingesta y preferencias gustativas en una población de adultos. Actualización en Nutrición, 16(1), 31-36.

Cannetti L, Bachar E, Berry EM. Food and emotion. Behav. Processes; 2002. 60: 157-164

Kaplan, H. I., & Kaplan, H. S. (1957). The psychosomatic concept of obesity.Journal of Nervous and Mental Disease.

Martínez, B. P. R., Rodríguez, G. A. R., Cordero, R. Á., González, F. A. C., Wiella, G. R., Millán, J. P. P., … & Ochoa, K. R. (2008). Ansiedad, depresión y calidad de vida en el paciente obeso. Acta Médica Grupo Ángeles6(4), 147.

Ridout, N., Thom, C., & Wallis, D. J. (2010). Emotion recognition and alexithymia in females with non-clinical disordered eating. Eating Behaviors,11(1), 1-5.

Tais Pérez

Psicóloga sanitaria. Máster en Psicología Clínica y de la Salud con amplia experiencia en evaluación, diagnóstico y tratamientos de problemas y trastornos psicológicos.

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