Domar la ira

Estás en una situación cotidiana, todo va normal hasta que sucede algo que no esperabas: un atasco, una mancha en la camisa justo antes de salir de casa, una mala noticia, alguien que se retrasa más de lo que esperabas o un ordenador que se estropea cuando más lo necesitas.

Empiezas a sentir calor, a pensar que todo lo malo te pasa a ti y que no hay derecho, “es una vergüenza que la gente llegue tarde, no se puede esperar nada de un amigo, es imposible ser más torpe de lo que soy, la tecnología no sirve para nada, ¡ojalá siguiéramos escribiendo a puño y letra!”.
Es el momento en el que la ira se apodera de ti. Ya no eres tú quien habla y quien actúa, es la ira: ha cogido las riendas y ella manda. Castiga a las personas que están alrededor, argumenta desde la rabia y dice cosas desagradables.
Estás en apuros.
Son muchas las personas que acuden a terapia por tener dificultad para controlar su ira. Viven esta emoción como un enemigo que aparece de forma incontrolable, se apodera de ellas por unos minutos y acaba desapareciendo. Tras ella, queda un gran sentimiento de culpa por no haber sabido expresar el enfado y afrontar la situación de una forma más efectiva.
¿Conoces a alguien a quien le pase algo parecido? ¿Eres tú a quien le pasa?
La ira se ha tenido siempre como una emoción negativa, por asociarla casi siempre a acciones violentas y agresivas. No obstante, tú ya sabes que toda emoción tiene un sentido y por ello es importante no negarla, sino saber gestionarla.

¿Qué aporta la ira?


• Gracias a ella haces respetar tus derechos y necesidades. Te anima a no dejar pisarte.
• Moviliza tu energía para luchar por lo que quieres.
• Te ayuda a mostrar al resto qué cosas no estás dispuesto/a a dejar pasar por alto.
De esta forma, tan problemático es el exceso de ira como la carencia: sin ella no seríamos capaces de defender lo que realmente nos importa, y eso es algo básico para nuestra supervivencia.
Y si es algo positivo, ¿por qué debo controlarla?

En ocasiones la ira deriva en acciones muy poco adaptables, como golpear cosas, insultar, o tener sentimientos de odio muy acusados… el riesgo de la ira se mantiene además en el futuro, ya que el tiempo, aunque disminuya la rabia, no la borra. La probabilidad de que cada vez que recordemos la situación sintamos el mismo nivel de ira es muy alta.
Cuando se perpetúa en el tiempo, la ira puede convertirse en amargura, rencor y odio. Estos sentimientos, que son todo lo contrario a la aceptación y el olvido te mantienen anclado/a al pasado y pueden generarte un gran dolor.
El objetivo, por tanto, es el de llegar a usar la ira en la medida en que sea útil, marcando un límite en el punto en el que esta deja de ser efectiva para pasar a ser destructiva.
¿Cómo?
Tienes derecho a enfadarte: cuando algo no te guste, hazlo saber de forma pausada, sin esperar a que te saque de quicio. El miedo a perder el control hace que en muchas ocasiones acabemos callando lo que pensamos, lo reprimimos y acumulamos en nuestro interior frustraciones y rabias. Acumulamos rabia hasta que nos desborda: es entonces cuando explotamos incontroladamente.

Utiliza tu sentido del humor: la ciencia nos dice que el humor y la ira son incompatibles. Si llueve el día de tu cumpleaños y empiezas a sentir un alto nivel de enfado, imagínate acudiendo al Ayuntamiento a poner una reclamación. ¡Es intolerable que llueva el día de mi cumpleaños! O imagínate recogiendo firmas para que prohíban que los ordenadores se bloqueen cuando les dé la gana, ¡es una vergüenza!

Cambia el foco de atribución: pensar que el resto del mundo actúa con la intención de perjudicarte es la mejor forma de sufrir un ataque de ira (“me está mirando así para ponerme nerviosa”, “ese coche me está siguiendo para adelantarme”…) Intenta atribuir lo que ha pasado a la mala suerte, no creas que el mundo se ha puesto en tu contra para estropearte el día. Entre tú y yo, ¡el mundo tiene cosas mucho más importantes que hacer!

Asúmelo, no vives en un mundo ideal. Vives en un mundo real, un mundo en el que muchos sucesos son incontrolables e inesperados. La vida no se pliega ante ti, eres tú quien decide qué hacer con lo que el mundo te ofrece. Ante cada contrariedad pregúntate, ¿puedo cambiar algo?

 

cambiar situación

Ahora recuerda, aprender a controlar la ira requiere de un trabajo diario y comprometido. Debes decidir en qué medida supone un problema para ti o para las personas que te rodean. Si crees que necesitas trabajarla, practica ejercicios que te ayuden a conocerte mejor y a adquirir herramientas que te permitan coger las riendas de ese caballo que a veces se desboca: la ira.
Si quieres practicar:
Cuaderno de ejercicios para vivir la ira en positivo de Yves Alexandre Thalmann.

More from Laura López-Molina
La sinceridad está sobrevalorada
En un post anterior hablábamos del riesgo que puede suponer el hecho...
Read More

Siéntete libre de comentar lo que te apetezca :)